Hace poco más de una década, para mi -y
estoy segura que para muchos otros amantes del mundo natural salvaje-, poner el
adjetivo “urbano” a la palabra “ecosistema” era algo así como una contradicción
absurda y casi un sacrilegio.
Posiblemente, por ese amor a todo
lo que era “natural” (salvaje) versus todo lo que era “artificial” (hecho por
los humanos), el motivo de entenderlo así tenía sus raíces en una antigua y arraigada -hasta nuestros días-
concepción dicotómica del mundo, de vencedores y vencidos,
blanco y negro, buenos y malos… en la que lo humano y lo natural estaban
enfrentados: o la naturaleza salvaje acababa con nosotros o nosotros con ella. Y
cada cuál apostaba por el lado que más le latía el corazón.
Pero otras ideas más integradoras
e inclusivas, que han bebido de las fuentes de las ciencias de la Ecología y de
la Vida, se fueron abriendo paso: la Humanidad sólo es una parte integrante del
gran Ecosistema llamado Tierra. Los
humanos no somos ni ángeles ni demonios, solo una especie más, con unas
características especiales, sí, como cada especie tiene las suyas propias.
Sin embargo, es posible que
lleguemos a causar un gran colapso; pero, no vamos a acabar con la Naturaleza...
millones de especies sobrevivirán, se recuperarán y se configurarán nuevos
ecosistemas y la Tierra seguirá su camino por el Universo como lleva haciéndolo
miles de millones de años. Y sí, es posible que la Naturaleza acabe con
nosotros… pero no por venganza o castigo, sino porque, como parte integrante,
nosotros mismos habremos creado las condiciones necesarias para nuestra
autodestrucción.
De alguna manera parece que todo
sistema terrestre, desde un individuo, hasta una especie, estructura, sociedad
o civilización tiene un proceso en el que necesariamente nace, se desarrolla,
decrece y desaparece… o queda como algo vestigial o relicto. Todo está sujeto a
los ciclos naturales.
Los estudios ecológicos sobre
poblaciones son tan válidos para nosotros como para el resto de las especies. Por
ejemplo, nos demuestran que:
Mientras que el entorno lo
permite (haya recursos en abundancia: agua, alimentos, espacio, etc.) una
población de una especie cualquiera, si no hay otros factores limitantes como,
por ejemplo, depredadores, va aumentando progresivamente en número de
individuos. A partir de cierto momento iniciará un crecimiento exponencial y, en
la medida que se va acercando al límite que el entorno puede soportar, cuando
el espacio y los recursos empiezan a menguar, surgirán todo un abanico de disparadores
intraespecíficos, en forma de conflictos, alteraciones del comportamiento,
enfermedades, etc. que tienden a frenar el crecimiento. Finalmente, cuando los
recursos se agotan, a la par que las enfermedades, alteraciones del
comportamiento y conflictos han ido debilitando a la población… esta sufre un
rápido decrecimiento hasta límites cercanos a los iniciales o se extingue.
Si miramos los datos sobre el
crecimiento de la población humana, parece claro que nuestra especie lleva
tiempo en la fase exponencial y las consecuencias de ir acercándonos al límite
que nuestro Entorno puede soportar, cada vez son más evidentes. Como ya no
vivimos en puntos concretos del mundo, y aislados entre sí, sino en la Aldea
Global, esto afecta a Todo y a todos: el espacio y recursos que estamos
acaparando y agotando son también los que necesitan otras especies para su
supervivencia.
Cada año va en aumento el número
de millones de personas que pasa hambre en el mundo, mientras una lucha cada
vez más feroz -y más o menos encubierta- por los recursos, forma parte de la
agenda política de todos los países y muchas personas mueren cada año a causa
de ello. Los comportamientos
intolerantes en forma de violencia de género, racismos, religión y fascismos,
o, simplemente, echar la culpa “a los otros”, son el pan nuestro de cada día y,
desgraciadamente, también acaban con la vida de muchas personas. La ciencia médica ha avanzado mucho... pero nuevas enfermedades surgen constantemente acabando con la vida de millones de personas.
Si no destruimos ecosistemas y
especies inconscientemente por nuestra expansión y la explotación de recursos, lo
hacemos racionalmente por cuestiones económicas,
políticas para evitar conflictos con la población humana, o con estudios y
métodos científicos que avalan el que una especie, en un determinado entorno, no pueda tener más que X número de individuos
-por lo general un número muy pequeño en comparación a la población humana-; “control
poblacional”, “extracción” o “eutanasiar” son las formas en que se nombra esta
forma de eliminación de individuos de otras especies, por cuestiones ecológicas
o de salubridad*.
Nuestro crecimiento y actividades
han transformado el planeta hasta el punto de afectar al Clima Global y ya hace
años empezamos a sufrir las consecuencias, que han ido aumentando, a una
velocidad no prevista por la Ciencia (recuerdo hace ya años... cuando científicos alertaban sobre migraciones masivas a causa del Cambio Climático).
Sin embargo, ni nuestra inteligencia, ni la consciencia o
inconsciencia, o la ética y la moral tienen nada que ver con estos hechos…
ningún ser humano, sea de la ideología que sea, tenga más o menos consciencia,
moral o ética, desea llegar a esto. Y ninguno por inteligente, consciente,
ético y todas las características deseables que pudiera tener, podría haberlo
evitado. Simplemente, son procesos sistémicos de las especies y su entorno que,
en determinadas circunstancias, suceden.
Y no solo estamos sujetos a las
mismas leyes ecológicas sobre poblaciones que otras especies. También nuestros ecosistemas
urbanos, esos “termiteros” humanos dónde habitamos, sólo son posibles gracias a
las relaciones que se dan entre el medio biótico y abiótico -entre el medio vivo
y no vivo-, a través de las transformaciones de materia y energía que fluyen entre
ellos, como en cualquier tipo de ecosistema. En esas urbes no estamos solos,
desde el principio otras especies han colaborado, de una forma u otra, con
nosotros en su construcción, desarrollo y mantenimiento (pero, sobre esto
último, me gustaría expandirme un poco más en el próximo artículo).
Ciertamente nuestros ecosistemas
urbanos están muy lejos de alcanzar ese punto de equilibrio, entendido como “punto
medio entre desequilibrios” o equilibrio dinámico, típico de ecosistemas
maduros y salvajes. Nuestra frenética actividad genera tal cantidad de residuos
(desechos orgánicos e inorgánicos) que el sistema no puede reincorporar y
transformar para que estén otra vez disponibles como materias primas, a la
misma velocidad en que se generan, y se convierten en fuente de problemas y
contaminación de todo tipo que afectan a toda la Biodiversidad.
Pero, aunque no existiéramos, los
ecosistemas salvajes también están sometidos a perturbaciones y constantes desequilibrios
a lo largo del tiempo. Algunas de esas antiguas perturbaciones, realmente
catastróficas a nivel global, tuvieron lugar por transformaciones
globales de diversa índole, la explosión de súper volcanes o impactos de
grandes meteoritos, produjeron un impacto sobre los ecosistemas terrestres y
la biodiversidad de una magnitud inimaginable, cuyos rastros quedaron impresos
en las capas terrestres y que hemos llamado “Extinciones masivas”. La Ciencia
ha determinado 5 grandes extinciones de ese tipo, y ya hace años que los
científicos hablan de la “sexta extinción” asociada a la acción de la humanidad
sobre los ecosistemas de la Tierra.
Sin embargo, no queremos
resignarnos a ser un desastre ecológico de alcance global, no dejamos de pensar
en posibles alternativas y esas nuevas ideas, que fueron creciendo y
expandiéndose, sobre nuestro lugar en la Naturaleza, dieron lugar a nuevos
enfoques y disciplinas como la Ecología Urbana que, a su vez, engloba a muchas
otras disciplinas.
Aunque, de momento, parece que
solo consigamos “barrer bajo la alfombra”, hay personas que trabajan tratando
de menguar esos graves desequilibrios de los ecosistemas urbanos y su
impacto sobre los ecosistemas salvajes, y cada vez son más.
Esto es siempre, un rayo de
esperanza, algo que nos hace soñar con un cambio de tendencia, con un mundo -actualmente
utópico- en que las ciudades, en lugar de agotar lo salvaje y generar residuos
y contaminación, se integren en el paisaje como nodos a través de los cuáles
los flujos de materia-energía devuelvan al Entorno, en suficiente medida, lo
que toman de él para que pueda estar disponible para todas las especies, no
sólo para las generaciones futuras de la nuestra. Y no solo entendiendo a la
biodiversidad como un recurso necesario para nuestra supervivencia, aunque
también lo es, sino con pleno derecho sobre su propia existencia pues a
efectos de la Naturaleza todos somos necesarios, aunque ninguno imprescindible.
Pero, hay que ser realistas, los
modelos climáticos indican que, aunque todos dejáramos de utilizar, ahora mismo,
combustibles fósiles, la permanencia de esos gases en la atmósfera, haría que
durante siglos siguieran aumentando las temperaturas con los consecuentes
impactos en el clima y la biodiversidad. Los nuevos modelos de generación de energías "limpias", "verdes" o cómo se las quiera llamar, se hacen a una escala tan grande que su impacto negativo es inevitable.
Sin embargo, en los ecosistemas, existen
relaciones o efectos que desconocemos o resulta imposible valorar en su
conjunto a lo largo del tiempo, porque van variando -o surgen nuevas configuraciones- según las circunstancias. Quizás factores que ahora se nos escapan, podrían compensar las
consecuencias de la acumulación de gases de efecto invernadero o hacerlos
menguar en menor tiempo del pronosticado. Mientras tanto otras especies más
adaptables o generalistas van ocupando los nichos de las que están en declive o se extinguen, manteniendo así la funcionalidad de los ecosistemas, aunque
la biodiversidad siga menguando**.
Así, voy fluctuando entre el
pesimismo -la realidad que percibo- y el optimismo -lo que podría ser y deseo
que fuera-, entre lo que sabemos a ciencia cierta -aunque no sea totalmente
así- y lo que no sabemos aún pero que podemos deducir e imaginar -que tampoco
será exactamente así porque nunca nada es exactamente como pensamos-. En
cualquier caso, sea como sea ese futuro, sin duda traerá de todo, positivo o
negativo dependerá de la perspectiva, del momento y las circunstancias.
P.D Hoy no tengo ninguna ilustración acabada para acompañar al texto... pero tengo esta bonita foto de una cigüeñuela, hecha en el año 2015 en el Delta del Ebro
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* No estoy haciendo aquí ningún
juicio de valor, solo exponiendo unos hechos. En determinadas circunstancias no
queda más remedio que eliminar individuos de otras especies, sea por unas circunstancias
concretas, porque no creemos que, o no sabemos cómo, se pueda resolver de otra
manera, o sea por lo que sea… pero también se cometen excesos, incluso cuando las razones están avaladas por estudios científicos y, en ocasiones,
se eliminan individuos cuando no es necesario o
incluso es contraproducente porque las razones iniciales han variado o no se tuvieron en cuenta otros factores. Por poner un ejemplo de una situación que viví en el
Delta del Ebro en el año 2015, haciendo un conteo de gaviota patiamarilla: en
el Delta hay muy pocos depredadores mamíferos, como el zorro que depreda
principalmente sobre los huevos que estas gaviotas ponen en el suelo, pero
había orden estricta de marcar el lugar y eliminar a todo individuo que se
localizara, pues la gaviota seguía protegida pese haberse recuperado con creces
y que ya afectaba negativamente a otras especies; por desgracia fui yo la que
encontré la guarida del zorro y me vi obligada a marcarla con el gps para su
posterior eliminación pese a que, en aquellas
circunstancias, hubiera sido más adecuado dejar que el depredador hiciera su función.
**Me refiero a las llamadas
especies “invasoras”. Se que este planteamiento puede ser controvertido, pero,
creo que se entenderá lo que quiero decir cuando en vez de poner la atención en
las perturbaciones o impactos iniciales, se ponga en las necesarias capacidades
o características de las especies que tienen más posibilidades de sobrevivir en
un mundo sometido a cambios profundos y acelerados. Desde luego, no toda
especie “invasora” necesariamente sobrevivirá a las transformaciones del medio,
pero sí tiene más posibilidades que otras.
Pongo entrecomillas el término “invasoras”
porque es un concepto cargado de connotaciones negativas, como el de “inmigrantes
ilegales” que a veces nos impiden valorar otras cuestiones de integración que, más allá de las
perturbaciones iniciales, com más o menos problemas, acaban produciéndose.